Me preguntaba cómo podrá escribir un libro sobre el trabajo que un actor debe desempeñar sin caer en tópicos, frases escuchadas y reutilizadas, dogmas históricos y certezas realmente inciertas. Cuando pretendía hacerlo desde la más absoluta parcialidad de mi experiencia y mis ideas. Cómo huir de una enseñanza convencional, que venga a hondar en lo ya escuchado, estudiado y ejecutado. La única razón y argumento que me convenció, o al menos me trajo la serenidad y la certeza necesaria para escribirlo sin temor a embaucar a nadie y sin miedo a arrojar mi valioso tiempo y esfuerzo a una estantería propia; fue el hacerlo desde la más absoluta sinceridad e implicación personal. Pero sobre todo lo escribiría desde la más deliciosa rendición.

Bonita forma de comenzar esta introducción, mostrando este término que suena a derrota, a tirar la toalla sobre un ring de boxeo, a claudicar ante la presión, a dejar de luchar, … sí, quizá tenga algo de todas esas imágenes o sensaciones, pero su significado y su repercusión van mucho más allá, tanto que hace un tiempo decidí que sería el gran pilar que movería mi vida.

La deliciosa rendición.

 Me detengo durante unos segundos en la percepción de que me encuentro en los últimos instantes de mi vida, …ya está, …hasta aquí, …ya fue. Ya no tengo que empujar más, no tengo que gustar a nadie más, ni buscar ningún reconocimiento, ni dejar ningún tipo de huella que rastrear por una generación venidera, ni siquiera tengo la obligación de ser un buen padre, de ser justo, de ser una buena persona; todo se apagará en cualquier momento, no hay nada que puedas evitar, nada en tus manos, ni nada que dependa de ti, salvo esperar ese instante.

No penséis que tengo ganas de que acabe esta vida, o que me invada un halo de pesimismo existencial, nada más lejos de la realidad. A mis cuarenta y dos años me encuentro en un momento de gran vitalidad y compromiso con las cartas con las que me ha tocado jugar. Se trata de un punto de partida, de una sensación que me deja verme de verdad, que me permite contemplar el momento en el que estoy y sentir exactamente lo que soy, son segundos donde no hay trampa ni cartón, porque las trampas se hacen cuando hay oportunidad de conseguir algo, y aquí no tienes nada que conseguir. Es el momento del verdadero presente. Cuando lo sentí las primeras veces, de alguna forma sabía que ya había pensado y hablado sobre ello. Claro que lo había hecho, precisamente es a lo que me refiero cuando a mis alumnos de interpretación les digo que deben interpretar desde el momento presente.

Puede que estéis pensando que precisamente de eso se trata la meditación, de vivir el momento presente. Supongo que tenéis razón, que esa será mi forma de meditar. Sobre todo, es una maravillosa manera de comenzar a afrontar cualquier trabajo creativo. Si hay que inunda por encima de lo demás esos sagrados segundos es elsilencio; o al menosacallar ese perturbador ruido que provoca la presión del tener que.

Os pido disculpas por no haberme presentado hasta ahora. Mi nombre es Enrique Leal, soy storyteller y director de actores. Creerme si os digo que me abruma la complejidad y la amplitud de ambos conceptos, pero para qué nos vamos a engañar, suenan muy bien. Comencé estudiando arte dramático en la Academia del Actor Réplika, en Madrid, durante cuatro años me formé con buenos, regulares y pésimos profesores. Por supuesto, de ello me di cuenta cuando habían pasado muchos años desde que dejé la escuela. Durante mi estancia allí todos eran talentosos superhéroes de la interpretación. Sería injusto decir que esos años de altibajos y de gamas de colores anímicos se debían a sus clases. Yo creo que tenían una mayor causa en mis inseguridades y miedos. Pero eso es otra historia. Durante varios años pertenecía a la compañía de teatro de la escuela, donde tenía la amarga sensación de que no hacía otra cosa que empujar, de hacer las cosas que me decían como un autómata, sin siquiera cuestionarme qué estaba haciendo y para qué lo estaba haciendo. Un método que a otros compañeros les serviría y como prueba de ello, los magníficos trabajos que conseguían realizar. Pero conmigo no funcionaban y eso me llevó a un lugar construido desde la apatía, el sufrimiento y la desilusión. Supongo que deseaba ser actor por inercia, pero ya hacía mucho que había dejado de serlo por pasión.

Dos años después de haber entrado en la compañía puse fin a esa etapa de mi vida y comencé un viaje que me marcaría para siempre. Iba a cumplir dos de mis sueños, viajar a Nueva York y conocer a indios. Aquellos indios a los que elegía cuando mis compañeros de colegía preferían a los vaqueros, aquellos indios que me fascinaban en películas como El último Mohicano o Bailando con Lobos. Este viaje duró algo más de dos años y con el paso del tiempo creo que soy capaz de dividirlo en tres fases. La etapa inicial en Nueva York, en el frío, relamiendo las heridas que traía de España, largas jornadas de trabajo en la compañía de flamenco en la que trabajaba y una nominación a mejor actor latino de comedia, interpretando a Cristóbal Colón en una nefasta obra de la compañía Repertorio Español; cuando acabó tanto el frío como las temporadas del flamenco y del teatro, me encontré con dinero y con ganas de buscarlos.

Así comenzó la segunda etapa, viendo alejarse a aquel autobús de Greyhound, ya sabéis, lo cinematográficos autobuses del galgo, en aquel pequeño pueblo de vaqueros en el estado de South Dakota, en medio de Estados Unidos. Cuando llegó a por mí la familia Dakota con la que me quedaría, la desconfianza era mutua. Mi inglés no pasaba del aprendido entre cubanos, mexicanos y dominicanos y os puedo que al principio hablaban poco, muy poco. Pronto encontramos una forma de comunicarnos y llegaron las primeras ceremonias. El sueño de estar junto a serpientes de cascabel, cánticos chamánicos y luces y sonidos de procedencia desconocida, los espíritus decían ellos. Tuve asombrosos encuentros con personas y también con animales. Todo era nuevo y mágico. Con ella magia y sin entender muy bien lo que había vivido me trasladé a California para probar suerte como actor. Pero ya nada era igual, algo me cambió por dentro aquella reserva india. La caravana donde viviría tenía más años que yo, pero tenía el encanto de lo viejo, de lo que ya no tiene nada que perder, o mucho, según se mire. La aparcaba frente a la playa y cuando abrí aquella destartalada podía ver cruzar frente a mí a manadas de majestuosos delfines. Los solía ver con un loco chileno que se hizo mi hermano por acuerdo mutuo. Con esa misma filosofía recorrí México, con mi mochila y mi djembé. De norte a sur. En Chiapas encontré la paz hice el amor con la negra, toqué el djembé mientras bailaban con el fuego, encontré a mi segundo hermano, un belga que comía termitas y andaba descalzo por ahí y siempre tras sus pasos, siempre tras los indios. Tuve contacto con mayas, con toholabales, con huicholes, todos sabían cosas, todos lo habían sentido, tenían una puerta abierta hacia donde vivía, hacia donde estaba el mago. Podría hablaros sobre él, pero eso también es otra historia.

Cuando volví a España, lo hice sin nada de dinero, pero teniendo claro que quería contar historias, que quería hacerlo a través del cine y escribiendo. Comencé a formarme como guionista, como realizador y como director de actores; poco tiempo después emprendí mis propios proyectos de cine, y mi trabajo enseñando interpretación y acompañando a actores en su trabajo. No sé si te puede parecer algo pretencioso escribir un libro sobre cómo debe reaizar un actor o actriz su trabajo. Mi única intención es plasmar e intentar comunicar unas herramientas y directrices que si te dedicas a la interpretación creo que te ayudarán o al menos te darán la oportunidad de contrastarlas con tu forma de afrontar, de entender, de acercarte a un personaje y de encontrar tu lugar en la historia que pretende narrar el director. Sinceramente me considero una persona muy escéptica en cuanto a los dogmas y estrictas leyes en cualquier faceta profesional. Pero sí creo en la necesidad de un conocimiento personal y de una disciplina a la hora de hacer frente cualquier profesión.

A partir de ahora me dirigiré a ti, que eres actor o actriz o que aspiras a serlo; a ti, que te dedicas a dirigir o a acompañar en el trabajo de la interpretación; a ti, que sientes curiosidad y quieres explorar lo que este libro te puede aportar; incluso a ti, en cuyas manos ha caído esta publicación y te has decidido a ojear. Hablaré de aspectos sagrados e imperturbables, normas y dogmas que debes seguir. Pero no te lo tomes demasiado en serio, acéptalo desde la distancia desde el escepticismo, aunque con ganas de creer. En mi opinión ningún curso, ningún manual, ningún dogma te va a enseñar nada que no sepas o puedas intuir, consciente o inconscientemente; pero sí se puede convertir en un medio maravilloso para que puedas aprender de ti, leyendo, escuchando y contrastando sus herramientas con tu experimentación y experiencia. Lo que a ti te sirva puede que a otros les bloquee. Los dogmas suelen ser interpretaciones que alguien, quizá alguien que admiramos, contrastó o experimentó; pero de nada te va a servir si en ti, no funciona y no te acerca a tus objetivos. Por ello, si decides dar una oportunidad a alguien que te quiere enseñar algo, ten presente que él no te enseñará nada, sino quq lo aprenderás tú de él a partir de tu experiencia. Por ello, estoy totalmente de acuerdo con la asistencia a escuelas, cursos intensivos, masterclass, charlas, debates, … pero debes ir con la intención y la predisposición de que lo que te enseñen ahí, sólo se convertirá en dogma cuando pase a través tuyo de una forma empírica. Y que ese dogma sólo será tuyo, porque te ha acercado o te ha servido de herramienta para conseguir tu objetivo. ¿Ha habido grandes actores autodidactas?, claro que sí, creando sus dogmas a partir de lo que encontraron y de lo que experimentaron en un escenario o delante de una cámara.

 

¿Conoces el silencio?

 El silencio es la ausencia total del sonido. También significa la abstención de hablar en el ámbito de la comunicación humana. Y, sin embargo, que no haya sonido alguno no quiere decir que no haya comunicación. El silencio ayuda en pausas reflexivas que sirven para tener más claridad de los actos. El silencio es igual de importante que el sonido, porque sin sonido no se podrían hacer silencios.

                                                                      Definición de Wikipedia.

Tú, que escuchas a la entrada del bosque,
apoyada en el puño la frente pensativa.
Tú que creas el silencio,
señor de la nada y del espacio,
milagroso dador del estío.
Pues lo que sueñas no se añade
al mundo, sino que se resta,
y lo que miras entra en lo invisible
y se queda allí, deshecho,
igual que la música de un arpa
entra en el cuerpo del que escucha
y lo deja atravesado con sus cuerdas.
No tiene voz tu voz,
sólo sabes decir ausencia,
ausencia y vacío, olvido y sueño.
Pero en tu sueño nace un río.
Nacen cisnes y espadas.
Nace un dios.
Oh, dios del silencio, que creas
el mundo con tu escucha.
No nos respondas nunca,
aunque el deseo de hacerlo sea fuerte,
pues una sola palabra tuya
podría destruirnos.

Andrés Ibañez.

 

El silencio tiene su lenguaje, sabe hacerse entender.

                                                                           Buda.

– ¿Qué es? – me dijo.

– ¿Qué es qué? – me preguntó.

– Eso, el ruido ese.

– Es el silencio …

                  Juan Rulfo “Lubina”.

 

 Me encontré con tu silencio y hablamos largo rato.

                                                     Anna Bahena.

 

El silencio es el ruido más fuerte, quizás el más fuerte de los ruidos.

      Miles Davis.